La “ANTI”-Mediación: escritos apócrifos.

Hace 11 años que me formé en mediación. Recuerdo la primera vez que alguien me habló de ella: “Una formación revolucionaria, que puede cambiarte la vida”. Y así ha sido. No sólo me abrió puertas profesionales, sino que provocó todo un proceso de revisión interna: mi forma de comunicar, mi manera de manejar y expresar mis emociones, la conexión con la mirada del otro para alcanzar acuerdos mutuamente satisfactorios…

He sido testigo de cómo la mediación ha coloreado de servicios públicos el mapa de Cataluña, una tierra donde las personas la han abanderado como un espacio más de convivencia. Un engranaje integrado en la construcción de una sociedad más pacífica, más tolerante, más solidaria. He presenciado familias reconciliadas (con divorcio y sin divorcio) gracias al diálogo erigido en una mesa redonda; comunidades de vecinos resolviendo problemas de miles de euros; adolescentes reparando el dolor y daño de sus conductas violentas… Imágenes que forman parte del collage de una sociedad más integra.

Pero también he sido testigo de cómo se puede desvirtuar una profesión tan bonita. He asistido a congresos y jornadas de mediación donde diferentes “gurús” han predicado supuestos dogmas incuestionables sin haber pisado una sala de resolución de conflictos. He visto cómo se legislaba sobre ella por personas que no sólo desconocían la naturaleza de un conflicto, sino que lo hacían guiñándole el ojo a los amantes del dinero en el bolsillo. También he conocido personas muy formadas en mediación que han excedido los límites de su naturaleza, virando hacia procesos terapéuticos encubiertos o de otra esencia, que poco o nada ayudan a que se entienda lo que hacemos l@s mediador@s.

Creo que es algo común en cualquier disciplina joven. Precisamente porque por su corta edad es un campo donde hay mucho por sembrar y donde existen posibilidades de innovación muy variadas.

Durante los años que he pasado participando en procesos de mediación, he ido recopilando algunas ideas que, a mi modo de ver las cosas, me han ayudado a disfrutar de una mediación más viva, más fresca… ¡más auténtica!  A estas ideas las llamo la “ANTI-Mediación”. Y no porque vayan en contra de… Sino más bien al contrario: porque creo que combaten lo que creo que la desdibujan. Una Mediación subversiva, disruptiva, rebelde.

Estas ideas no las podréis encontrar en ningún libro de mediación, no se enseñan en los másteres, no tienen voz en concurridos congresos… porque son clandestinas, apócrifas. Pertenecen a l@s mediador@s de trinchera, l@s que se dejan la piel en las mesas de negociación, l@s que salen a la calle, l@s que median en el mismo asfalto del barrio… Aquell@s que han entrado hasta la cocina de los hogares, allá donde se cuecen los conflictos.

ANTI-Neutralidad.

No he conocido a nadie que haya podido ser neutral en una mediación. Y no es por falta de rigor o solidez personal, sino porque es ir en contra de la naturaleza humana. Las personas, queramos o no, tenemos estereotiposprejuicios, valores, esquemas cognitivos a través de los que miramos el mundo. Mecanismos internos que predisponen actitudes: un conglomerado de pensamientos, emociones y conductas diseñado para adaptarnos “mejor” al mundo. Como dice Susan Fiske, “sólo necesitamos una fracción de segundo para decidir si confiamos o no en la gente”. Quien se cree neutral a menudo es porque incurre en el riesgo de ignorar los procesos internos que influyen en su comportamiento. Por tanto, perseguir la Neutralidad es una forma de inconsciencia, un riesgo si se pretende no influenciar negativamente a las personas que intentan resolver un problema.

Yo defiendo la ANTI-Neutralidad. Precisamente, para tomar plenamente consciencia de mis estereotipos, de mis prejuicios, de mis valores, de mis esquemas, de mis actitudes, de mis emociones, de mis preferencias… Para combatirlas, deconstruirlas, remodelarlas como si fueran plastilina. Para que se adapten mejor a la realidad de la gente y que me permitan hacer una mejor gestión del proceso de diálogo que tengo entre manos. Pero nunca creyéndome neutral.

ANTI-“Profesionalidad”.

No me gusta la “profesionalidad”. La profesionalidad entendida como elitismo profesional. Profesionalidad como una forma de tratar sin afecto a las personas, de poner nombres estrambóticos a las cosas o de elaborar “métodos profesionales” que están desconectadísimos de la realidad práctica. Cada vez que tengo delante a alguien “muy profesional” me echo a temblar, porque temo encontrarme con un C3PO. Siempre he sido más de R2D2.

Prefiero una mediación de carne y hueso. Una mediación humana antes que profesional, hecha por personas cercanas, emocionales, implicadas, flexibles, abiertas, llanas. Personas que ante todo saben quién eres, cómo sientes, dónde estás y hacia dónde quieres llegar. Personas que te guíen en la toma de decisiones sin cogerte del brazo, pero tampoco desde el otro lado de una mesa de roble de despacho.

ANTI-Intrusismo.

L@s profesionales de la mediación la hemos defendido de toda clase intrusismos: desde el derecho, pasando por la psicología, el trabajo social y hasta incluso la policía. Profesiones que han querido apoderársela, intentando hacer ver que forma parte de su código genético, que es “lo que han hecho toda la vida”. No. La mediación es una profesión nueva, con pilares y principios diferentes a otras profesiones.

Ahora bien… Podemos empezar haciendo mediación para acabar haciendo de abogad@s, psicólog@s, trabajador@s sociales, policías… No podemos defendernos del instrusismo para acabar haciendo lo mismo. L@s mediador@s no somos terapeutas. No somos coaches. No tratamos trastornos psicológicos, patologías familiares, alteraciones emocionales. No ayudamos a las personas a descubrir su misión en la vida o a alcanzar la autorealización personal. No hacemos constelaciones familiares. Ni tampoco leemos las cartas del tarot.

Los mediadores mediamos. Punto.

ANTI-Políticamente Correcto.

Aborrezco lo políticamente correcto. Me parece profiláctico, insensato y cínico. He experimentado en mis propias carnes ese proceso en donde idealizamos tanto la mediación que la consideramos la panacea a todos los problemas. Y en ese proceso lo “neutralizamos” todo para que sea mediable: a la violencia de género la llamamos conflictos de pareja, a las bandas juveniles las llamamos grupos, a la xenofobia conflictos interculturales…

No todo pasa por el filtro de la mediación, no podemos ir cambiándole el nombre a las cosas, no podemos hacer lo blanco negro…

Creo que hay que partir de un principio de realidad: la violencia es violencia, las bandas son bandas y la xenofobia es xenofobia. Y a partir de aceptar una realidad incómoda creo que estaremos más capacitad@s para ayudar a transformarla. No todo cabe en una mediación, no todo se puede resolver mediando. Existe una realidad cruel en la vida. Existen personas perversas, inteligentes, astutas, seductoras, desviadas y peligrosas. Personas a las que no les interesa mediar, sino que utilizan la mediación como un instrumento más de perpetuación de su crueldad. Y hay que tener bien agudizado el radar, porque a estas personas no se les puede permitir entrar en un espacio de mediación. Ignorar esta realidad nos puede convertir en cómplices.

ANTI-Gurús.

Cuando asistes a varias jornadas y conferencias de mediación acabas conociendo algunos “gurús”. Personas que hablan de forma dogmática, sentando cátedra. Creedores de estar en posesión del pensamiento único. Supuestos guías espirituales de mediador@s, visionari@s del camino correcto.

La realidad es caleidoscópica, subjetiva, multifacética, cambiante, dinámica, complementaria, sumatoria, líquida, gaseosa… Nadie está en posesión de dar lecciones sagradas. Personalmente admiro a las personas que suben a un estrado con una humildad radiante, hablando desde su experiencia con el mero objetivo de compartirla, por si pudiera ser útil a alguien. Los discursos locuaces y sagaces, repletos de nombres rimbombantes, suelen contener humo. La calidad de un aprendizaje se mide por su humildad, por la ausencia de grandilocuencia. Se difunde en minúsculas y con derecho a réplica. Porque todos cometemos faltas de ortografía.

ANTI-Machismo.

Lamentablemente existen y proliferan “profesionales” de la mediación que intentan desacreditar una realidad que deja decenas de mujeres al año asesinadas en nuestro país y cientos de miles de mujeres condenadas a la discriminación, al sometimiento y al maltrato. Una cosa es intentar ayudar a llegar a acuerdos en un divorcio y otra muy diferente es invisibilizar la violencia machista. La violencia machista existe. Es un producto de un sistema patriarcal. Un orden mundialmente establecido. Y hacemos un flaco favor a la sociedad si con nuestras prácticas ayudamos a potenciarla y consolidarla.

No conozco ninguna profesión o persona que niegue la existencia del terrorismo y sería abobinable que alguien defendiese sus postulados o se colocara del lado de los agresores. Por tanto, no entiendo por qué en la mediación hay gente que niega este lado oscuro de la sociedad (a excepción de quienes la practican). Yo creo en una mediación que se plante frente al machismo, que sea intolerante con la discriminación, que establezca una línea roja ante la dominación y el sometimiento hacia la mujer. Ante TODA clase de sometimientos

La “ANTI”-Mediación es una ruptura contra todo lo que la la desdibuja, contra todo lo que la convierte en una mercancía o una disciplina insípida. La “ANTI”-Mediación es un alegato a favor de su naturaleza. Una declaración de amor en toda regla.

Continuará…

Ahora te toca a tí… ¿cuál es tu escrito apócrifo sobre la Mediación?

Foto Credit: Pascal.

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